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1º sitio de Zaragoza

 
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Admi
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MensajePublicado: 0306UTCLun, 26 Mar 2007 23:06:39 +00002007-03-26T23:06:39+00:002007LunesUTC39 09-05- 2007 16:58:15    Asunto: 1º sitio de Zaragoza Responder citando

14-8-1808. PRIMER SITIO DE ZARAGOZA
El 6 de junio de 1808, el general Lefebvre Desnouettes, encargado de someter y ocupar la capital de Aragón, emprendió la marcha desde Pamplona con 5.000 infantes, 1.000 caballos y seis piezas de campaña, batió el 8 en Tudela y el 13 en Mallen y en Gallur a los 5.000 paisanos y unos pocos soldados que mandaba el marqués de Lazán, no siendo mas afortunado al día siguientes en Alagón el general Don José de Palafox y Melci, hermano de aquél, con los 6.000 hombres que sacó de Zaragoza, entre los que se contaban tan sólo 500 soldados españoles o desertores extranjeros, poco más de 100 caballos y los artilleros precisos para el servicio de cuatro piezas (En dicho combate el ayudante de Palafox, D. Rafael Casellas recobró una bandera española tomada por el enemigo.). Las tres derrotas que acababan de experimentar en pocos días los patriotas aragoneses, no abatieron el elevado espíritu de los zaragozanos, quienes el 15 rechazaron con denodado esfuerzo la primera embestida que dieron los franceses a la ciudad, a pesar de la ausencia de Palafox, que por la mañana había abandonado la ciudad con sus escasas fuerzas, retirándose por Longares a Belchite, donde se situó para reunir dispersos y organizar de nuevo sus tropas.

En la mañana de dicho día se apoderó el enemigo de los puntos avanzados del puente de la Muela y la Casa-Blanca, defendidos valientemente (Dirigió con mucho acierto en el segundo de dichos puntos el fuego de las dos piezas de artillería allí apostadas el capitán del arma D. Ignacio López Pascual.), y al llegar por la carretera de Madrid, junto a la torre de Escartín a un kilómetro de Zaragoza, organizó tres columnas de ataque para dirigirlas contra las puertas de Santa Engracia, el Carmen y el Portillo . Circuída la ciudad por un muro de recinto de poca altura y espesor, simple tapia en muchas partes, tras de él y en los edificios inmediatos se apostaron los defensores para oponerse al enemigo, cuyas columnas, cubriéndose con los olivares, avanzaron resueltamente hacia los puntos señalados. Los franceses fueron recibidos con mortífero fuego de cañón y de fusil, no obstante el cual, y después de inauditos esfuerzos y de ser rechazados varias veces, consiguieron invadir la ciudad por las tres puertas mencionadas, procurando luego hacerse fuertes en el Cuartel de caballería, edificio pegado al recinto y situado en el Portillo y la plaza de Toros, del que fueron arrojados tres veces consecutivas, peleándose con el mayor furor en sus escaleras, patios y corredores. Del mismo modo, acometidos los imperiales por todas partes y acribillados materialmente por el fuego que se les hacía desde las casas próximas y bocacalles afluyentes, obstruidas con barricadas y defendidas con artillería, próxima la noche y rendidos por nueve horas de combate, se consideraron impotentes para conseguir el vencimiento de sus valientes adversarios, paisanos casi todos (De las pocas tropas que había formaban parte 250 artilleros del Primer Regimiento que habían llegado aquel mismo día procedentes de Barcelona.) y retrocedieron ordenadamente para replegarse a las alturas de Santa Bárbara y Val-de-Espartera, habiendo experimentado la pérdida de 800 hombres, algunos prisioneros y seis piezas que no pudieron retirar, las cuales, con una bandera (Fue conquistada por D. Antonio Alcoberro, capitán de una compañía suelta, auxiliado por el soldado Narciso Laabadía.) y otros trofeos, fueron paseados triunfalmente por toda la ciudad en medio del júbilo de los zaragozanos, que señalaron aquel glorioso combate con el pomposo nombre de Batalla de las Eras ( Dicho combate es el episodio del sitio que representa la lámina. Se distinguieron en él el coronel de Caballería D. Mariano Renovales; el de igual clase D. Antonio de Torres; el Sargento Mayor de Voluntarios de Tarragona, D. Francisco Macó de Pont; el capitán de Artillería D. Rafael de Irazabal, que preso en la Aljafería por ser sobrino del anterior capitán general D. Jorge Juan Guillelmi, dirigió el fuego de las baterías del castillo; el subteniente práctico de la misma arma D. Pedro Dango, que mandaba las piezas de la puerta del Carmen; el capitán D. José Laviña y los oficiales retirados D. Mariano Cerezo y D. Luciano Tornos, el cual, preso también por sospecharse de su patriotismo, rompió la puerta de su calabozo, y corrió a desmentir con sus hechos la poco fundada y nada honrosa especie. También el presbítero D. Santiago Sax peleó valientemente en el Portillo.)

Los defensores cobraron desde entonces nuevos bríos y se dedicaron con febril actividad a fortificar el recinto, convirtiéndose Zaragoza en un inmenso taller donde nadie estaba ocioso, dando acertadas disposiciones el teniente de Rey D. Vicente Bustamante, el Intendente D. Lorenzo Calvo de Rozas y el ilustre ingeniero D. Antonio San Genís que, preso antes por sospechoso, fue al fin puesto en libertad para que dirigiese las obras de defensa. Los franceses, mientras recibían refuerzos y artillería gruesa pedidos después de su descalabro del 15, hicieron una intimación a la ciudad que, como es de suponer, fue contestada dignamente por Palafox, el cual se apresuró entonces a salir de Belchite, y reuniendo unos 6.000 hombres con las fuerzas que estaba organizando en Calatayud el barón de Versages, se trasladó el 21 desde Longares a la Almunia con ánimo de seguir hasta la Muela y estrechar al enemigo contra Zaragoza; pero el general Lefebvre se anticipó al caudillo español, comprendiendo su intento, y salió contra él logrando batir a su contrario en Epila al amanecer del 23 después de un corto combate, en el que se distinguieron el coronel D. Pablo Casaus, de Fernando VII, la batería del capitán D. Ignacio López y los dragones del Rey a las órdenes de D. Francisco Ferraz. Las tropas derrotadas huyeron en desorden hacia Calatayud.

El 26 de junio se incorporó al campo francés el general Verdier, que tomó el mando del ejército sitiador, elevado su efectivo con los refuerzos que sucesivamente recibió a 15.000 hombres, con un tren de batir, compuesto de 30 cañones de a 18, 16, 12 y 8, cuatro morteros y 12 obuses y reconocida que fue la plaza en la mañana del 27, en cuyo día voló con horrendo estruendo el almacén de pólvora situado en el Seminario (Murió en la voladura el teniente de Ingenieros D. Pedro Romero), dispuso el ataque del monte Torrero, operación llevada a cabo el 28, posesionándose casi sin resistencia (El teniente coronel D. Vicente Falcó, comandante del puesto, fue preso y sumariado; y condenado a muerte, se ejecutó la sentencia después del sitio. Igual suerte cupo durante éste al coronel D. Rafael Pesino, gobernador de Cinco-Villas y a otros oficiales, acusados de inteligencia con el enemigo.) los franceses de dicho punto, donde establecieron su Cuartel general. Dueños así los imperiales de toda la margen derecha del Ebro, pudieron circunvalar completamente la ciudad por esta parte, construyendo diferentes baterías, y el 30 comenzó el bombardeo, que continuó todo el día y noche del 1� de julio, dirigiendo además la artillería sus fuegos contra la Aljafería, convento de Agustinos, cuartel de Caballería y puertas de Sancho, Portillo, Carmen y Santa Engracia. Los sitiados, que habían recibido también alguna artillería gruesa y refuerzos de tropa veterana, entre ellos 300 soldados de Extremadura, mandados por el teniente coronel D. Domingo Larripa y 100 Voluntarios de Tarragona, aprovecharon la larga inacción del enemigo, construyendo blindajes, zanjas y barricadas en diferentes calles, preparando sacos para cubrir las brechas y levantar baterías, además de habilitar los sótanos para talleres, y para guarecerse en ellos la gente inerme, y quemar y talar las huertas y olivares, y las quintas y jardines que perjudicaban la defensa. La gente disponible se distribuyó a todo lo largo del frente amenazado, quedando encargado del Portillo, Marco de Pont; D. Pedro Hernández de la puerta del Carmen; Renovales de la de Sancho, y Larripa de la de Santa Engracia.

Abiertos algunos boquetes en el recinto, dio el enemigo el 2 de julio un ataque general, después de un violentísimo fuego, particularmente desde las baterías del alto de la Bernadona, frente a la Aljafería, que aumentó los considerables destrozos hechos ya en esta y en el Portillo. Casi al mismo tiempo fueron acometidos el Castillo, las puertas de Sancho, Portillo y Carmen, cuartel de Caballería y torre del Pino; pero de todas partes fueron rechazados con grandes pérdidas por los denodados zaragozanos ( La tropa que había entonces en Zaragoza no llegaba tan siquiera a 1.000 hombres de las tres armas, pero aquel mismo día entró Palafox en la ciudad con 1.300 soldados de infantería y 60 caballos, a tiempo todavía de tomar parte en el combate. también se presentaron, procedentes de Barcelona, los subtenientes de Artillería D. Gerónimo Piñeiro (de las Casas) y D. Francisco Betbecé, el Rosete, encargándose el primero de la batería del Portillo y el segundo de la del Carmen. Ambos fueron promovidos por Palafox sobre el mismo campo de batalla al empleo inmediato) entre los que se distinguieron algunas valerosas mujeres (La batería del Portillo, reducida al silencio por el estrago causado por los proyectiles franceses, que habían derribado muertos o heridos a más de 50 artilleros, con otros defensores, parecía abandonada, y lo estaba en efecto, pues los que habían sobrevivido corrieron a guarecerse tras de los próximos edificios, no permaneciendo en aquel puesto de honor más que el teniente coronel Marcó de Pont, que mandaba allí, y algunos oficiales. La columna francesa, que al dar los sitiadores el asalto en la mañana del 2, se dirigía presurosa y confiada sobre dicho punto, se hubiera posesionado de él indudablemente, a no haber ocurrido un episodio singular que dio eterna fama a una célebre heroína. Una joven de 20 años llamada por algunos historiadores AGUSTINA DE ARAGÓN, aunque ella se firmaba AGUSTINA ZARAGOZA, llevaba el desayuno a su amante, sargento de Artillería, cuando lo vió caer destrozado por una bala de cañón. Loca de dolor, se arrojó sobre el cuerpo inerte de su amado, que quería reanimar con sus amorosas frases y caricias; mas la gritería de los enemigos ya próximos, sacándola de su estupor, hízole caer en la cuenta de que aquellos que tan cerca tenia eran los que acababan de arrebatarle sus halagüeñas esperanzas e ilusiones. Entonces, inspirada por al venganza y el odio, arranca de las manos del artillero la mecha que oprimía aún convulsivamente, la aplica al cañón cargado de metralla, y la cabeza de la columna, deshecha por aquel oportuno disparo, comunica el desorden a las fracciones que le seguían, acabando todos por retroceder al oír la algazara que se produjo en la batería, tan silenciosa momentos antes. En aquel momento llegaba Palafox, enterado del peligro, al frente de un numeroso grupo de paisanos, y testigo de tan esclarecida hazaña, en el momento en que terminó el combate cogió las ginetas del sargento muerto y las colocó en los hombros de la heroína, agraciada después con el grado de alférez y una pensión vitalicia.).

Los franceses solo consiguieron ocupar el convento de San José, si bien por breve tiempo, pues no pudiendo sostenerse en dicho edificio, lo entregaron a las llamas.

En vista del mal resultado del ataque anterior, el segundo a viva fuerza que se daba, determinó Verdier emprender un sitio metódico, pensando el coronel de ingenieros Lacoste dirigir los trabajos contra el frente de la puerta del Carmen; pero el Emperador no aprobó el proyecto y creyó más acertado, como lo era en efecto, dirigir el ataque contra la torre del Pino y convento de Santa Engracia, como puntos más salientes y por lo tanto menos franqueables del recinto. En su consecuencia, abrióse la trinchera para avanzar en aquella dirección, además de simular otro ataque contra la Aljafería, y trasladáronse algunas fuerzas al otro lado del Ebro para incomunicar la ciudad por la parte del Arrabal, llegando a dominar toda la campiña hasta el Gállego. Los sitiados hacían frecuentes salidas, peleando diariamente con el enemigo, que en la noche del 11 al 12 asaltó el convento de Capuchinos, entregando a las llamas por los nuestros antes de retirarse, y ocupó también el de San José; mas fueron infructuosos todos sus esfuerzos para apoderarse del de Trinitarios, asaltado el 23 con la mayor energía, sin éxito alguno, costando el encarnizado combate grandes pérdidas a los franceses ( De los españoles murió en la defensa el capitán Romeu. En la orilla izquierda murió también en aquellos días el comandante Viana). Este contratiempo no fue obstáculo para que el enemigo adelantase sus trabajos, terminando la paralela, que se extendía de San José a Capuchinos, y construyendo siete baterías, que armadas con 38 piezas de grueso calibre, rompieron el fuego en los primeros días de agosto, lo mismo que otras piezas de campaña hasta el número de 60, siendo muy grande el estrago que causó el día 3, particularmente tomado como blanco los artilleros imperiales.

El fuego se hizo mucho más violento en la mañana del 4, y al mediodía quedaba desmontada la mayor parte de nuestra artillería y abiertas tres anchas brechas: dos en el convento de Santa Engracia en sus ángulos oriental y occidental, y otra en la tapia que unía la puerta del Carmen a la torre del Pino. Los sitiadores, después de varias tentativas para distraer la atención de los sitiados hacia diferentes partes ( En uno de los ataques que precedieron al asalto, redoblaban los franceses sus esfuerzos en el puente del Huerva, a donde habían aproximado un cañón que causaba mucho daño a los defensores. Muertos o heridos los sirvientes, el soldado José Ruíz, de Voluntarios de Aragón, al oír a su comandante Cuadros ofrecer una charretera al que lo clavase, lo ejecutó con gran arrojo y desenvoltura, logrando salir ileso de tan arriesgada empresa), dieron el asalto a la una de la tarde, organizadas sus fuerzas en tres grandes columnas, con sus correspondientes reservas, mandadas la de la derecha por el general Habert, la del centro por el general Bazancourt y la de la izquierda por el general Grandjean. Dichas columnas, dotadas de artillería de campaña, se lanzaron a las brechas al acostumbrado grito de �Vive l'Empereur! despreciando el terrible fuego con que les recibieron los sitiados, los cuales disputaron encarnizadamente el convento de Santa Engracia, alcanzando allí la muerte gloriosa el brigadier coronel D. Antonio de Cuadros (Le sucedió en el mando del puesto el coronel San Genís) y el capitán Tirado; pero dueños al cabo del edificio las fuerzas de la derecha, desembocaron en la plaza inmediata y flanquearon la entrada a la columna del centro, que estuvo más de una hora detenida frente a la brecha y puerta de Santa Engracia, sólidamente barreada, y batida de flanco por la torre del Pino. La columna de la izquierda consiguió dominar también la brecha correspondiente y ocupar dicha torre, indefendible ya, dividiéndose luego en dos partes, una para dirigirse al convento del Carmen, que le costó gran trabajo tomar, y otra que se unió a la columna del centro, después de apoderarse del convento Descalzas de San José, defendido bizarramente con solos ocho hombres por el padre franciscano D. Pedro Bretón, sargento de una de las compañías de Cerezo.

Los imperiales, dentro ya de Zaragoza, y dueños de toda la línea comprendida entre la puerta del Carmen y la puerta de Santa Engracia, se vanagloriaban de ser dueños de la ciudad, y se dispusieron para acometer las defensas interiores y la entrada por las calles de Santa Engracia y Azoque, las únicas que conducen directamente al Coso; pero deseando Verdier economizar la sangre de sus soldados, intimó la rendición con esta lacónica frase �Capitulación!, a la que contestó Palafox con igual laconismo �Guerra y cuchillo!. Sabiendo a que atenerse el enemigo, emprendió un vigoroso ataque por dichas calles, defendiendo la primera de ellas con grande esfuerzo el marqués de Lazán y su hermano D. Francisco, que disputaron el terreno a palmos, retirándose de posición en posición hasta llegar al Coso, después que los invasores pudieron ocupar el convento de San Francisco y el Hospital general (Los oficiales que se retiraron los últimos de la batería que desde el Coso enfilaba la avenida de Santa Engracia, fueron el intendente Calvo de Rozas y don Justo San Martín). Por la izquierda atacó Grandjean el hospital de Convalecientes y convento de la Encarnación, cuyos edificios constituían una especie de reducto interior; mas fue tan enérgica la resistencia que llevaron a cabo los Guardias Españolas y Valonas, que desesperado aquel de tomarlo con la premura que exigía la necesidad de avanzar simultáneamente con las tropas de la derecha, desistió de su propósito y continuó la marcha por la calle de Azoque, contando sería empresa fácil llegar al Coso, seguir luego al Mercado y apoderarse después de San Ildefonso, conforme se le había encargado, cuyo plan no pudo realizar, pues aun cuando logró apoderarse del convento de Santa Rosa, primer obstáculo que encontró en su camino, fue detenida la columna ante el de Santa Fe, defendido con la artillería retirada de la puerta del Carmen, y sólo consiguió ocupar algunas casas próximas a dicho convento. Sin embargo, la llegada de los franceses al Coso llenó a la población de terror, y enterada de la ausencia de su caudillo (La salida del general Palafox de la ciudad en aquellos críticos momentos no la encontramos bastante justificada, pues, para activar la llegada de los socorros que esperaba de un momento a otro de Pina, bastaba hubiese enviado un oficial de su confianza en lugar de abandonar la ciudad en persona, sin hacer tan siquiera entrega del mando, del que se encargó espontáneamente el brigadier D. Antonio de Torres, revistiendo por lo tanto dicha salida los caracteres de una verdadera fuga como si creyese ya perdida Zaragoza, y produciendo el desaliento consiguiente, como sucedió en efecto.) empezaron a buscar su salvación en la fuga, primero la gente inerme, viejos, mujeres y niños, llenando las calles afluentes al puente, pánico que se contagió a los defensores, muchos de los cuales se mezclaron con los fugitivos abandonando o arrastrando a sus jefes y oficiales; por fortuna, algunos valientes oficiales de los del Arrabal, entre ellos D. Luciano de Tornos, abocaron algunas piezas al puente amenazando ametrallar a la multitud, al propio tiempo que otros reanimaban a los más esforzados haciéndoles volver contra el enemigo. Sobrevino pues una reacción favorable, y precipitándose todos de nuevo al encuentro de los invasores, se salvó Zaragoza.

Los franceses, llegados al Coso, se dividieron en tres columnas: una para dirigirse por la derecha a la plaza de la Magdalena hasta la Puerta del Sol; otra que debía reunirse por la izquierda a las tropas de la calle del Azoque, detenidas ante Santa Fe, para ocupar el Mercado y la Puerta de San Ildefonso; y la tercera que debía encaminarse al Puente de Piedra por la calle de San Gil, directa a dicho punto. En los primeros momentos, los imperiales apenas encontraron resistencia, pudiendo llegar la columna de la derecha sin dificultad alguna a la Magdalena; mas allí salió a su encuentro fray Ignacio Santaromana con siete jóvenes del pueblo, que ofreciéndose en holocausto a su patria "... como los espartanos de las Termópilas...", según expresión del historiador alemán Schèpeler, murieron casi todos; y su heroico sacrificio fue la señal de alarma para apostarse en sótanos, balcones, ventanas y tejados, mientras acudían algunos jefes con refuerzos de Puerta Quemada, Molino de Aceite y Puerta del Sol, viéndose los sitiadores rodeados por todas partes y acribillados por mortífero fuego; así que, para conjurar el peligro, trataron de guarecerse en las ruinas del Seminario, donde habrían perecido todos a no haber volado otras fuerzas en su auxilio, retirándose a su amparo, pero vivamente perseguidos por los victoriosos zaragozanos. La columna del centro estuvo a punto de encontrar su perdición en el laberinto de callejones que rodean el Arco de Cineja, por donde se metió equivocadamente en lugar de tomar la calle de San Gil, teniendo que fraccionarse, y diseminadas así las tropas, se entregaron al pillaje en las casas, cometiendo muchos excesos que no quedaron sin castigo, pues muchos de sus autores fueron degollados, pudiendo a duras penas retroceder al Coso en la mayor confusión, acosados por todas partes. No tuvieron mayor fortuna las tropas de la izquierda peleando a un tiempo en la Encarnación, Santa Rosa, Santa Fe y en la parte del Coso próxima al Mercado, a donde no pudieron llegar los franceses, en todas partes vencidos. La refriega duró todavía hasta la noche, luchándose desesperadamente en todos los ámbitos de la ciudad hasta donde habían llegado los invasores ( El historiador francés Belmas pinta con vivos colores aquel desastroso combate. "Laville, dice: "...etait comme un volcan par les explosions continuelles qui avaient lieu. On entendait les cris des vainqueurs et des vaincus; ici la victoire, là le desordre et la fuite; amis et ennemis combattaient tous pele -mele et sans ordre. Chacun se défendait là où il etait attaqué, et attaquait là où il recontrait l'enemi; le hasard seul prèsidait á ce chaos. Les rues étaient jonchées de cadavres; les cris que l'on entendait du milieu des flammes et de la fumée ajoutaient encore á l'horreur de cette scène de dèsolation, et le tocsin, qui sonnait de toutes parts, semblait annoncer l'agonie de Saragosse."), que fueron arrojados otra vez a sus primitivas posiciones de la callde de Santa Engracia sin conservar más que el terreno comprendido entre los conventos de San Francisco y San Diego hasta las puertas del Carmen y Santa Engracia, con el Palacio de Fuentes, Hospital general y convento de Santa Rosa. Tal fue el memorable combate del 4 de agosto, tan glorioso para los zaragozanos, en el que se distinguieron también algunas mujeres (Doña María Consolación de Azlor y Villavicencio, condesa de Bureta, que había organizado desde el principio del sitio varias cuadrillas de mujeres para distinguir municiones y retirar heridos a los hospitales, arrostrando con la mayor sangre fría el horroroso fuego que hacía el enemigo, en cuanto vió invadida la ciudad cerró con dos fuertes barricadas las avenidas de su casa, disponiéndose a defenderla heroicamente hasta morir, con sus deudos y criados.

No menos valor demostró otra mujer del pueblo llamada Casta Alvarez que armada de un enorme palo provisto de una larga y enmohecida bayoneta, corría de puesto en puesto de los atacados por los franceses animando a los defensores y aun poniéndose algunas veces al frente de ellos en los trances mas rudos) y costó al enemigo, según Belmás, 462 muertos y 1.505 heridos, contando entre estos a los generales Verdier y Bazancourt, por lo que tuvo que volverse a encargar del mando del ejército sitiador el general Lefebvre, quien había recibido también una fuerte contusión españoles tuvieron también bastantes pérdidas. Quedó prisionero de los franceses el teniente de Artillería D. Santiago Piñeiro (de las Casas), y gravemente herido el comandante D. Salvador de Ozta, quien no quiso abandonar su puesto de honor hasta que habiendo caído exánime, fue retirado de aquel campo de gloriosa lucha).

Al día siguiente se renovó el combate. Unos y otros habían aprovechado la noche trabajando sin cesar para cubrirse y levantar baterías, de manera que, fortificados dentro de la ciudad amigos y enemigos, no era fácil decir quienes eran los sitiados y quienes los sitiadores. Estos hicieron inútiles esfuerzos para extenderse por sus flancos, peleándose encarnizadamente en el convento de Santa Catalina, que quedó al fin por los españoles, los cuales fueron después asaltando las casas inmediatas al Hospital general, ocupando también el Jardín Botánico; también atacó el enemigo infructuosamente el hospital de Convalecientes y cañoneo sin resultado desde la batería levantada en la calle de Santa Engracia la barricada del Arco de Cineja, no dando otro resultado todos estos combates que sumar los franceses a las pérdidas anteriores la de otros 300 hombres, y dar ocasión para que los sitiados realizarán otros hechos valerosos ( Entre los muchos que se distinguieron durante el sitio merece especial mención el cabo José Monclús. Mandando las avanzadas de la puerta de Sancho dio muerte el 24 de junio a un jefe francés que se adelantó con alguna fuerza a practicar un reconocimiento; el 5 de agosto cogió un cañón que tenían los enemigos cerca del palacio del Conde de Sástago, sin dar lugar a clavarlo, con sus municiones, presentándolo al subteniente D. Francisco Salvador; el 7 penetró en una casa de la calle del Carmen y pasó a cuchillo a dos granaderos franceses, y por la tarde del mismo día presentó al Marqués de Lazán una espada, siete fusiles y el uniforme de otro oficial enemigo, a quien mató en una guardia establecida junto al convento de Santa Rosa. Dicho cabo, promovido a Sargento, fue recompensado por Palafox después del sitio con el empleo de Subteniente.). Pero la situación de Zaragoza iba siendo comprometida por la escasez de víveres y sobre todo de pólvora, a cuya necesidad venía proveyendo el distinguido oficial de Artillería D. Ignacio López ( además de los oficiales de Artillería citados, estuvieron presentes desde los comienzos del sitio el capitán D. Juan N. Cónsul que organizó con gran acierto los talleres de Maestranza en el vasto mesón del Portillo y suntuoso palacio de la Universidad, y el teniente D. Francisco de Camporedondo. El primero ejerció el cargo de comandante del Arma hasta fines de junio en que se presentó el capitán D. Salvador de Ozta, más antiguo, el cual mandaba ya el 1� de julio las baterías de todo el frente de ataque) hacía algún tiempo, elaborando hasta tres quintales diarios; afortunadamente, los socorros estaban próximos, y el mismo día 5 entró en la capital el marqués de Lazán con un pequeño convoy custodiado por un batallón de Guardias Españolas. El general Palafox avanzó desde Osera y reunió en Villamayor unos 500 hombres con otro convoy de más de 200 carros, se enseñoreó de la izquierda del Ebro haciendo repasar el río a las fuerzas que la ocupaban, y el 8 volvió a pisar de nuevo las calles de Zaragoza sin haber perdido un solo hombre. Por entonces se había hecho ya pública la noticia de la victoria de Bailén y evacuación de Madrid por el intruso, y creciendo con ello y los refuerzos recibidos el ardor de los sitiados, parecieron convertirse en sitiadores, pues desde el día 9 en que estos fueron rechazados del asalto que dieron al Hospital de Convalecientes, persiguiéndoles los Migueletes catalanes cuchillo en mano, llegando los españoles, enardecidos con el triunfo, a apoderarse de dos piezas de la batería inmediata, los franceses permanecieron exclusivamente a la defensiva, aunque sin suspender el bombardeo, hasta la madrugada del 14, en que habiendo recibido la orden definitiva de levantar el sitio, emprendió el enemigo la retirada camino de Pamplona entregando a las llamas los almacenes de Monte Torrero, el Hospital general, San Francisco y demás edificios que quedaban en pie de los que había ocupado, volando el monasterio de Santa Engracia y abandonando hasta 54 piezas de artillería de todos los calibres, con un número considerable de fusiles y gran cantidad de municiones, víveres y efectos de todas clases.

Este sitio glorioso, en el que tanto brilló el patriotismo y denuedo de los zaragozanos y tropa del ejército que en él tomó parte (De los actuales Cuerpos del ejército, sólo el Regimiento de Extremadura), costó a los franceses la pérdida de unos 4.000 hombres, habiendo resultado muertos, heridos o enfermos casi todos los oficiales superiores y quedando algunos regimientos mandados por capitanes. Los españoles experimentaron unas 2.000 bajas.
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