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EL HORROR DE LOS NIÑOS SOLDADOS. Juan Antonio Falcón Blasco

 
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MensajePublicado: 0517UTCVie, 08 May 2015 03:17:14 +00002015-05-08T03:17:14+00:002015ViernesUTC14 09-05- 2007 16:58:15    Asunto: EL HORROR DE LOS NIÑOS SOLDADOS. Juan Antonio Falcón Blasco Responder citando

EL HORROR DE LOS NIÑOS SOLDADOS. Juan Antonio Falcón Blasco



El conflicto del Congo nos ha devuelto a la realidad de las guerras del Tercer Mundo. Acabados los politiqueos de medio pelo del conflicto de Irak, se vuelven a poner en primer plano (para algunos a descubrir por primera vez) esas guerras verdaderamente atroces y con intereses neocoloniales. Dado el extremo dramatismo que se vive en estas auténticas orgías de salvajadas queremos traer a primera línea un tema que ya hemos tratado en otros medios nacionales: el horror de esas niñas y de esos niños que son obligados a ser carne de cañón, a ser soldados.

No deja de ser denunciable por más que se haya convertido en un mal endémico, y sin visos de una solución inmediata, que en las contiendas que se libran en el Tercer Mundo los grupos armados campen a sus anchas, sin respeto a los derechos humanos. Sabemos de las execrables actuaciones de los contendientes que fumigan cualquier atisbo de esperanza de futuro en esos «países frágiles» donde reclutan a los niños, secuestrándolos de los colegios, orfanatos, centros de refugiados y barrios pobres: aparecen con sus camiones, obligan a los niños y niñas a subir a ellos y se los llevan a una muerte segura o a una vida cercenada por amputaciones físicas y psíquicas, con abusos y maltratos que nunca podrán superar.

Se calcula que dos millones de niños han muerto víctimas de la guerra en los últimos diez años, y que en este mismo periodo de tiempo seis millones de niños han quedado heridos o discapacitados. Actualmente, son más de 300.000 los niños y niñas que participan en 30 conflictos armados que tienen lugar en 50 países del planeta. Lo más macabro de esta estadística es el hecho de que en 27 de esas guerras se emplean menores de 15 años, siendo frecuente la utilización de soldados de 7 y 8 años.

Durante su vida en la milicia, los trabajos desarrollados por los niños son variados y duros: desde cargar con el armamento y la munición hasta emplearlos de avanzadilla de los grupos de ataque para detectar las minas y el fuego enemigo, evitando así que se pueda herir o matar a un soldado. Además, las técnicas utilizadas por los «mandos» de esos «ejércitos» para obtener la obediencia de los menores consisten en torturarles y obligarles a torturar y a matar a sus compañeros, a sus vecinos y a sus familiares. Los niños y niñas son violados y violadas. Y las niñas más agraciadas son utilizadas como compañeras sexuales de los combatientes. Los traumas y las secuelas resultantes son enormes.

En concreto, las secuelas físicas por el continuo transporte de armas y cargas pesadas, pueden ir desde malformaciones hasta auténticas deformaciones, dolores de espalda, pérdida de visión, y de audición. También es frecuente la mutilación de algún miembro por minas antipersonas, por enfrentamientos o por un castigo. Se les convierte en drogodependientes suministrándoles alcohol, cocaína, pólvora en las comidas y otras sustancias, con el fin de provocar que se vuelvan más fieros y deshumanizados. Padecen graves enfermedades venéreas, sobre todo las niñas, debido a los abusos sexuales.

Las secuelas psíquicas no son menos graves: rabia, violencia, insomnio, parálisis, tics, sentimiento de culpa, confusión, dificultad para entender y responder, espasmos e hiperactividad, son las más conocidas. Se encierran en sí mismos, se muestran insensibles y huyen del contacto con los demás. Sienten remordimientos, somatizados, por las prácticas depravadas a las que se les obliga. En el caso de las niñas, sufren el terror y la humillación de los abusos sexuales. Se quedan embarazadas y padecen hemorragias, anemias, abortos naturales y otras muchas veces provocados.

La necesidad de disponer de servicios de salud mental en estos casos es primordial. El niño se define en relación con el adulto, y el adulto es responsable del niño. Para el niño, la guerra es una traición del adulto. El niño de la guerra siempre es una víctima, y mucho más si lo convierten en un niño soldado. Es absurdo y abominable convertir a un niño en soldado de uniforme, como en África o en Centroamérica, o considerarlo un enemigo como en Palestina, pues se está negando su infancia y se nos arrebata el papel como adultos.

En un estudio reciente sobre las afecciones de la guerra en los niños de Oriente Medio, se destaca la situación Palestina, donde el niño, al nacer, queda marcado por «la causa» política y el nombre que le dan sus padres es un reflejo de ello: algunos inciden en la resistencia como Thaer (revolución), Nidal (lucha), Yihad (guerra santa); otros son alusivos al retorna a la tierra, como Awda y Aeda; o a la esperanza, como Tahrir (liberación) y Nasr (victoria); o a temas militares como Assef o Sark (nombres de divisiones armadas de Al Fatah); o a la paz, como Salam. También los hay que expresan ira, como Harb (guerra).
La creciente participación de niños y niñas como soldados en los conflictos armados contemporáneos ha obligado a la comunidad internacional a prestar una mayor atención a este fenómeno. Aún así, la protección que ofrecen el Derecho Internacional Humanitario y la Convención sobre los Derechos del Niño para luchar contra esta situación es insuficiente. Por eso, desde principios de los años noventa se reclamó una elevación de los estándares de protección, que tuvo lugar con la aprobación, por parte de la Asamblea General de la ONU, del Protocolo Facultativo a la Convención sobre los Derechos del Niño, mediante la resolución 54/263 de 25 de mayo de 2000.

El avance de este Protocolo Facultativo es un paso adelante, aunque una cosa es la teoría y otra muy distinta las realidades. El objetivo era elevar la edad mínima de participación en un conflicto armado hasta los 18 años, para evitar que menores de esa edad puedan verse involucrados en las hostilidades. El argumento teórico sobre el que se basa la propuesta es el «interés superior del niño», uno de los principios sobre los que descansa la Convención sobre los Derechos del Niño. Sin embargo, un grupo importante de países no aceptaba de buen grado la elevación de la edad mínima hasta los 18 años. Entre este grupo de países figuraban EE UU, Gran Bretaña, Corea del Sur, Israel, Cuba, Kuwait o Pakistán. Al final, se logró un equilibrio y el artículo 1 del Protocolo Facultativo establece que «los Estados Parte adoptarán todas las medidas posibles para que ningún miembro de sus Fuerzas Armadas menor de 18 años participe directamente en hostilidades». Así, se eleva la edad mínima de participación desde los 15 años que figura en los Protocolos Adicionales a las Convenciones de Ginebra y en la Convención sobre los Derechos del Niño hasta los 18 años. Porque, como hemos mencionado en el texto del artículo 1, esta obligación no es absoluta, sino que sólo conmina a los Estados a adoptar «todas las medidas posibles». Lo cual deja libertad a los Estados para poder utilizar a menores de 18 años en combate.

Otras disposiciones que incluye son: solicitar a los gobiernos que eleven la edad mínima para el reclutamiento voluntario por encima de los 15 años; prohibir el reclutamiento o utilización de menores de 18 años en hostilidades por grupos rebeldes o no estatales, pedir a los Estados que castiguen tales prácticas, y demandar a los gobiernos medidas y asistencia para desmovilizar, rehabilitar y reinsertar a los niños y niñas soldados. Este Protocolo es un avance en la toma de conciencia por parte de la opinión pública internacional del problema de los niños soldados.

Por supuesto, evitar los conflictos armados sería lo mejor, pero, ante esa imposibilidad, no es desdeñable el esfuerzo de muchos humanistas para tratar de paliar y mejorar las condiciones de vida de esos niños y niñas, cuando el conflicto ha terminado. En muchos casos, cuando los niños son desmovilizados llevan ya mucho tiempo luchando y la guerra ha pasado a ser su forma de vida. El grupo armado es su referencia y les proporciona seguridad. A pesar de que muchos intentan escapar, muchos otros quieren volver al grupo. Por eso, es básico que se les presenten alternativas.

Se debe de empezar por inculcarles respeto y confianza en sí mismos y en los demás. La ayuda económica que nuestras administraciones aportan a la cooperación y al desarrollo es creciente. Pero, dichas administraciones deben de comenzar a prestar una mayor atención a proyectos serios de cooperación al desarrollo que contemplen la reinserción y la rehabilitación.

Los proyectos a apoyar se localizan en tres niveles: nacional, local e individual. En el nacional, se deberían fomentar las posibilidades de acceso a la formación y a un trabajo a los niños soldados, al igual que poder disponer de mejores condiciones básicas de vida como son el agua, la comida, una vivienda y la seguridad.

Desde el ámbito local hay que procurar a las sociedades locales información y formación para que los líderes o dirigentes, profesores, padres y religiosos, entiendan y acepten a los niños soldados desmovilizados. Dentro de los programas locales no es extraño recurrir a rituales tradicionales para purificar a los niños soldados, ya que la comunidad les rechaza por considerarles responsables de las atrocidades cometidas.

En el terreno individual, es prioritario el proceder a la reunificación familiar. Los niños deben de volver con sus padres o familiares más cercanos, aunque no siempre es posible. Crear la idea de normalidad es vital y esto se consigue haciendo que el niño vuelva a la escuela, realizando juegos y haciéndole partícipe de la vida del entorno u ofreciéndole un trabajo. El tratamiento psicológico que se les pueda ofrecer debe respetar la intimidad y los deseos del menor, buscando la mejor forma de exteriorizar sus emociones. La psiquiatría humanitaria es una disciplina en expansión en los países del Tercer Mundo. El acceso a la atención médica y a los servicios de salud mental es problemático por la escasez de éstos y por la presión cultural y social. Por este motivo, este tipo de asistencia debe ser apoyado por esos proyectos de cooperación para el desarrollo, al igual que deben de financiar todas las medidas complementarias de reinserción y rehabilitación de los menores que han sido utilizados en los conflictos.

Es ésta una de las lacras del siglo XXI, de la que no debemos desvincularnos pensando que resolver el problema es cuestión de las administraciones que financian la cooperación para el desarrollo, de las ONG que trabajan en los países del Sur y de los organismos internacionales. Todos estamos involucrados. Todos tenemos una pequeña responsabilidad en el drama de esas niñas y de esos niños a los que se les arrebata la infancia y se les condena a las mayores atrocidades, al utilizarles como soldados en cualquier guerra del mundo subdesarrollado.

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